
Antes de convertirse en uno de los escasos ejemplares del jazz vocal masculino sobre el final de la década de los 2000, Juan Pablo Rivera hizo una larga carrera como bajista eléctrico. De hecho fue uno de los más jóvenes exponentes del jazz en los años '90 (junto a Felipe Chacón en sus inicios y a Christian Gálvez). Sólo un cambio de ruta radical lo transformó en intérprete de swing una vez que descubrió otras propiedades musicales durante sus largas estadas en Norteamérica como estudiante y músico. Así se ubicó en un mapa de voces dominado por mujeres y con la sola presencia del barítono Rodrigo González como jazz singer.
Llegó a Santiago desde Concepción en 1989. Del contrabajo clásico en la Universidad Católica pasó al bajo eléctrico como alumno de Pablo Lecaros (de La Marraqueta) y su estilo fue cercano al de nombres como Steve Swallow o Jimmy Haslip. Su aparición activa en jam sessions llamó la atención de músicos experimentados como el trompetista Daniel Lencina, quien lo incorporó a su cuarteto en 1995 junto al pianista Pablo Vergara. Entre 1994 y 1995 Rivera siguió actuando con la primera formación del grupo Almendra Trío (del guitarrista Mauricio Rodríguez y con Cristóbal Rojas en la batería).
Acompañó al tenorista Marcos Aldana, el pianista Carlos Silva o los bateristas Alejandro Espinosa y Cristián Pérez. Y ya en 1999 instaló su residencia en Nueva Jersey para comenzar una etapa de estudios en composición y trabajo de orquestación y arreglos musicales. Fue ahí donde comenzó a cantar informalmente y luego de tomar clases con la maestra norteamericana Nancy Marano adquirió su primer perfil. A su regreso a Chile en 2007, Rivera ya estaba convertido en un cantante ciento por ciento y muy en la línea del estilo cool y chic de Chet Baker. En clubes de jazz capitalinos como Thelonious o Le Fournil apareció acompañado por músicos como su antiguo compañero Mauricio Rodríguez (guitarra), Jorge Vera (piano) Rodrigo Galarce, Nelson Arriagada y Milton Russell (contrabajos) o Daniel Rodríguez y Félix Lecaros (baterías).
por Iñigo Diaz